Sana tus relaciones, partiendo por ti

3 noviembre, 2015 Autoestima 2 Comments

El post de hoy es bien personal. Los que me conocen saben que me esfuerzo por ser sincera, sobre todo en mi trabajo. Con esto me refiero a ser sincera con mi propia historia y mi camino. Creo que todas las experiencias que vivimos y de las cuales aprendemos deben ser compartidas, porque no sólo existieron para enseñarnos a nivel individual. Creo que compartir los propios dolores y progresos, es saludable y potenciador para todos. Asi que aquí va.

Este fin de semana que pasó, pedí perdón a tres personas distintas, las tres amigas muy queridas. En los tres casos, por circunstancias diferentes, pero que tenían la misma raíz: mi corazón cerrado. En los tres casos ocurrió que en el pasado no fui capaz de compartir lo suficiente, de prestar atención o incluso, de recibir el cariño que me daban. No quiero hablar sobre las causas de mi corazón cerrado porque serían llegar a la frontera de “excusas” que es lo que menos pretendo. Lo potente de todo esto fue que los días pasados me di cuenta de cuál era el patrón emocional con que yo me comportaba a nivel de amistad. Digo, recién me di cuenta porque lo pude ver claramente. He trabajado mucho en abrir mi corazón y lo he logrado bastante, pero siempre queda por sanar, cierto? Bueno, este fin de semana di un paso gigante. Y aquí quiero contarte lo que aprendí para que también te sirva.

Describiré la historia más común y corriente del mundo. Eras muy pequeña/o, tuviste un dolor muy grande y tu corazón se cerró. Como dice mi profesor de yoga, “el corazón se cierra de verdad, no es figurativo”. Realmente se cierra a nivel energético, lo que se manifiesta en que perdemos la conexión con ese plano de consciencia – la consciencia del corazón – y si lo mantenemos así por años, nuestro cuerpo físico comienza a experimentar enfermedades asociadas. Bueno, entonces luego de este dolor, tu corazón se cerró y comenzaste a alimentar un patrón emocional más o menos como éste: Cada vez que alguien llegaba a tu vida, pensabas al poco andar en cuánto tardaría esa persona en dejarte o herirte (hábito de la desconfianza). La angustia y/o ansiedad provocadas por esta inseguridad te agotaban, entonces era más fácil no dejar la puerta tan abierta, así te expondrías menos veces a esta situación. Si alguien lograba pasar esa puerta, a veces el lazo se estrechaba y siempre encontrabas la manera de alejarte. Esto te hacía sentir tranquila/o ya que no te “hacías ilusiones” y mal que mal, a estas alturas ya estabas convencida/o que te la puedes sola y que de hecho, vives más tranquila/o sola/o.

Esto es lo que ocurre. Cada vez que tu relación de pareja iba desarrollándose maravillosamente bien y algo te molestó, mandaste todo a la punta del cerro. No te suena a lo que describí arriba? Es común ver este patrón en las relaciones de pareja, porque es el tema más popular, pero ocurre mucho también a nivel de amistad y familiar. Discutiste con algún familiar y decidiste que estabas más tranquila/o cortando la relación, porque en realidad nunca iban a entenderse (en realidad, porque la otra persona no es como a ti te gustaría que fuera). Tú huyendo de enfrentar el problema, porque estos conflictos siempre son de a dos. Cuántas amistades quedan atrás en el tiempo; ya ni recuerdas quién dejó de llamar, de juntarse, aunque en fin, sientes que estás bien en tu casa haciendo tus cosas, asi que sueltas el cuestionamiento rápido.

Cuando algún evento de nuestra vida nos genera una herida grande (ya sea con nuestros padres, alguna deslealtad vivida a temprana edad por amigos, dolores generados por situaciones traumáticas, o incluso ya de adultos), la primera reacción es cerrar el corazón para protegerlo, ya que estamos viviendo algo muy fuerte. El problema es cuando se queda cerrado y no nos damos cuenta cómo esto afecta nuestras relaciones con los seres humanos a todo nivel. Porque un corazón cerrado no es capaz de compartir; un corazón cerrado desconfía de todos, resiente la frustración de expectativas y tarde o temprano, aleja a quienes más ama de su vida.

Un corazón cerrado no acepta lo que el otro le quiere entregar o pone exigencias a lo que el otro le quiere entregar. También es una manifestación del corazón cerrado cuando le exigimos al otro que sea y se comporte de acuerdo a nuestras expectativas. Cada vez que le decimos al otro “pero por qué eres así?”, “no me esperaba esto de ti”, “siempre haces lo mismo”, “no me consideras”. Aquí no estamos realmente abriendo nuestro corazón para integrar al otro, porque le estamos poniendo condiciones. Y si no las cumplen, nos enojamos, nos alejamos, nos separamos.

Abrir el corazón nos conecta con la consciencia del corazón, que es al amor incondicional, la aceptación y la compasión. Abrir el corazón significa integrar y aceptar al otro, tal como es, respetándolo absolutamente por su sola condición de ser humano. Sin exigirle que sea de determinada manera que no me incomode, porque todos tienen la libertad infinita de ser como quieran ser. Toda esta separatividad viene del ego, porque el ego se ofende. La inclusión viene del corazón. Es muy poderoso poder darnos cuenta si estamos viviendo nuestra vida con el corazón cerrado. Si reflexionas sobre los que describí recién, te darás cuenta que la gran mayoría de las personas vive así, esperando siempre algo de los demás. Que te entiendan, que te hagan sentir bien, que te cuiden, que te encuentren la razón, que te consideren, que te respeten. Todo esto es del ego. Toda esta exigencia es del ego. Y no es amar con el corazón abierto si sólo quiero al otro cuando me hace sentir bien. De hecho, ésta es una de las principales causas de problemas en las relaciones de pareja y de amistad. Todos los problemas comienzan cuando el otro hace algo que me disgusta y le reclamo. Reacciono. Y ahí comienza la pelea.

Si quiero abrir mi corazón, debo entender que todas las reacciones que el otro tenga conmigo, no tienen que ver realmente conmigo, sino que tienen que ver con su propia historia, la manera en que esa persona se ha moldeado en sus experiencias y cuánto ha trabajado en sí. Pero no es algo para tomarte “a lo personal”. Trabajar en abrir el corazón supone que ya no me ofendo si el otro hace algo que me disgusta o si no cumple mis expectativas. Supone que lo acepto tal cual es, aunque mi mente se llene de juicios respecto a su comportamiento, los que desecharé rápidamente porque nada justifica la crítica ni la discriminación. Todos los seres humanos por su calidad de tal merecen ser aceptados. Por eso, trabajar en abrir el corazón parte de la base del amor propio. En aceptarme y amarme incondicionalmente, sanando mis heridas. Si alguna relación me hace daño, sabré cuidarme y alejarme de situaciones tóxicas, pero sin agredir, juzgar o despreciar al otro. Simplemente, alejarme en amor. No es lo mismo que ponerle una barrera “para que no me haga daño” ni dividir con conflicto. Si yo me amo y tengo claro esto, no podría ofenderme lo que otro me diga o haga (recuerda, el ego se toma las cosas “a lo personal” y se ofende). En realidad, observar a alguien dirigiendo palabras hirientes a otra persona debería generarte compasión porque sabes que lo que el otro dice es la realidad interna que vive, realidad de dolor y vacío.

En mi caso, me di cuenta que tenía una herida gigante desde hace muchísimos años que cerró mi corazón más de la mitad de mi vida y desde ahí, no dejé pasar a nadie más allá de mi zona segura. Lo trabajé mucho en mi relación de pareja, pero en las de amistad no me había hecho cargo realmente. Bueno, siempre llega el momento para todo y estoy feliz de estar trabajando en un ámbito que es esencial para mí y en el cual tengo que aprender a confiar nuevamente.

La verdadera felicidad para el ser humano tiene su causa en el compartir con otros. Mientras más compartimos integramos a otros seres humanos a nuestra vida y en mayor cantidad podemos aumentar nuestra felicidad. Porque todo tiene sentido si lo compartimos. Nada tiene sentido si lo guardamos sólo para nosotros.

Sé que trabajar esta consciencia suena para muchos algo “imposible”. Pero ésta es la clase de trabajo que vale la pena y que nos lleva realmente a evolucionar como seres humanos. No la capacidad que tengamos de cumplir a nivel laboral o de acumular riqueza, e incluso de realizar avances tecnológicos o científicos. Si no compartimos con otros seres humanos, nos sentimos a medias. Es inevitable, porque es parte de nuestra naturaleza espiritual.- Por eso, si dedicamos todos los días a trabajar esto en nosotros, a desarrollar este amor compasivo y de aceptación por nosotros y por los demás, hemos dado con el núcleo del asunto. Y esto es abrir el corazón.

Ayer tuve una maravillosa sincronía. Después de vivir esta lección sábado y domingo, decidí conscientemente romper las “barreras de seguridad” que me separaban del resto, y trabajar con prioridad en sanar esta herida. Esto significa en mi caso dejar entrar a los demás, acercarse a mi vulnerabilidad; aprender a confiar. Ayer lunes fui a mi clase de yoga y al comenzar, el profesor dice “hoy realizaremos una kriya que nos ayudará a abrir el corazón y conectar con la compasión en nosotros”. Perfecta sincronía y para mí, la señal de mis ángeles abriéndome el camino.

Te dejo aquí el link de un video del Dalai Lama hablando de esto, que me encantó por su claridad y porque explica precisamente lo que significa el aceptar al otro en su total dimensión, sin exigencias, a lo que él llama la Compasión Imparcial. Puedes verlo en este link.

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